Trasmutación
Autor: Russel Ulloa Palacio.
No elegí este trabajo, solo fui víctima de una sociedad corrompida que, al final de todo, acabó corrompiéndome a mí. Sí, no tiene sentido todo lo que estoy diciendo, pero cuando sepas la verdad entenderás estas palabras sin sentido.
Soy colombiano, de clase media tirando a baja. Las posibilidades de tener un buen futuro son escasas, pero, gracias a Dios, no son nulas. Sin oportunidades, nadie se mueve. Pero yo soy bueno para caerle bien a la gente, y créeme: en este país, tener contactos es una gran forma de crear oportunidades. Desde antes de salir del colegio, ya era muy conocido. Se tenía un buen concepto de mí: educado, bien portado, el típico niño de clase que no mataría ni una mosca. Por eso todos confiaban en mí. Guardaba secretos, ayudaba a todos con sus tareas, era amable y, a su vez, eran amables conmigo. Era el niño que, si salía contigo, era obvio que te dejarían salir. Ese era yo.
Mis padres me enseñaron desde joven que debía ser astuto en esta vida, y que, si no sabía lo suficiente, debía aprenderlo, pero no con arrogancia. Fue mi amabilidad y carisma lo que hizo que muchas personas quisieran enseñarme.
Cuando salí del colegio, corrí rápido a la universidad. Un ICFES bien hecho, un papel llamado Sisbén, y así de “fácil” obtuve una beca. Créanme, eso fue de todo menos fácil. Mi método debía funcionar. Mi idea era volverme rico, escalar poco a poco. Era un ser de luz para los demás, pero ser un sol no servía todo el tiempo. Con el pasar de los años, conocí la maldad del mundo y de la sociedad. Claro, en el colegio ya había visto algo de eso, pero era tan inocente que creí que no me afectaría. Qué ingenuo.
En la universidad vi de todo. Cosas que antes creí impensables o locas. Vi la prostitución de cerca, cuando compañeras de distintas facultades ofrecían sus cuerpos por una nota, o incluso por un almuerzo. Vi la droga y cómo consumía a mis compañeros, que ingenuamente pensaban que los libraría del dolor interno. Se volvió tan común esa oscuridad, que entendí que no bastaba con ser amable para escalar.
El colmo de todo fue al salir de la universidad. Hice tantos contactos que estaba seguro de que, al graduarme, me llamarían. Estaba convencido de que me ayudarían. Pero todos voltearon la mirada cuando les pedí un favor. Todos se hicieron los locos. Sin saber a dónde ir, como un barco a la deriva, así quedé. Todos tenían un familiar, un amigo. Yo no.
Sin embargo, cuando parece no haber salida, Dios me tira una ventana. Fue entonces cuando conocí al amor de mi vida. Una morena de ojos grandes y cabello desordenado, un poco más baja que yo, labios gruesos y una sonrisa encantadora. Tenía Brackets, y su risa me encantaba. Cuando me hablaba o me cuidaba, me sentía tan especial. Ella era increíble.
Fue un pariente de ella quien me ayudó. El hombre era dueño de una pequeña empresa. Su idea era básicamente la de Uber, pero utilizaba una aplicación ya estandarizada. Al ver que necesitaba trabajar y que no tenía otra opción, claramente dije que sí. Después de todo, fue la chica que amaba quien me recomendó. Estaba tan feliz. Pero todas las historias felices tienen finales tristes.
Creí que era una simple empresa de transporte. Llevábamos mercancía, pasajeros, hacíamos viajes largos o cortos. Se nos asignaban viajes y solo había que pagar un monto semanal. Así que no teníamos tanto problema. Realmente el horario no era extenuante, y cada quien decidía cuánto quería durar trabajando. Claro, así mismo le pagarían. Pero eso lo hacía más tranquilo. Todo parecía normal. Hasta que un día, después de meses de trabajo, me encargaron algo horrendo.
—Antonio, ya casi haces parte de nosotros. Por eso mismo, hoy te daré la tarea más difícil. Iré contigo para explicarte.
—Ok, jefe, no se preocupe. No debe ser tan difícil.
—Eso dicen todos —soltó una risa que me heló la sangre.
Conduje con él en el asiento de atrás. Después de oír esa risa, pasé todo el camino pensando a qué se refería. Llegamos a un establecimiento a las afueras de la ciudad, cerca de Puerto Colombia. Era un lugar a la vista de todos: un parqueadero. No entendía nada, pero creí que solo íbamos a recoger algo. Pensé que toda la parafernalia anterior había sido para asustarme.
Entonces fue cuando la vi.
Una niña morena, de cabello crespo, se subió al carro.
Nuevamente mi mente comenzó a sobrepensar:
¿Acaso estaba siendo parte de algo de trata de blancas?
—Tranquilo, niño, esto es algo normal. No estoy siendo llevada en contra de mi voluntad.
La niña acababa de emitir un grito que solo el diablo podría dar en mi cabeza, con la voz más horrenda que había escuchado. Y cuando dejé de sudar, lo noté: esa niña no era humana.
—Reacciona.
Ella hablaba, y mi cuerpo obedecía. El instinto dentro de mí me lo decía: iba a morir si no me movía. Iba a morir si no obedecía. Esa cosa colocó un bolso en la parte de atrás de los asientos, junto con otros bolsos que tenía. Algunos estaban manchados de sangre.
—¿Qué tal la cacería? ¿Ese cuerpo es nuevo? —preguntó mi jefe.
—Sí. Peleó con ganas, eso me hizo respetarla. Ahora luzco como ella.
—Vaya, no pensé que tu especie tuviera esos valores.
Toda esa conversación no tenía sentido para mí, pero mi jefe parecía tan normal con ello. Eso me asustaba aún más. Entonces, ¿mi jefe tampoco era humano?
Pasaron los días, y yo seguía inquieto en el auto del trabajo. Se me había asignado cuidar los maletines que dejó aquella bestia. No me atrevía a tocarlos ni a revisarlos, pero estaba extremadamente nervioso. Traté de pasar los días con calma, hasta el día en que recogí a aquella muchacha. Podría tener entre 15 y 16 años. Había pedido mis servicios para ir a la casa de alguien. No tenía mucha información; ella había solicitado el viaje a través de la aplicación.
Era una chica muy curiosa. En todo el camino me iba hablando, preguntándome cosas, pero no me fijé en que su atención estaba puesta todo el tiempo en los maletines de atrás.
Cuando llegamos a su destino, la chica tomó esos maletines sin que yo me diera cuenta. Para cuando lo noté, ya iba muy lejos. Fue entonces cuando entendí aquella conversación de la bestia.
Esa pequeña inocente era la siguiente víctima.
La llamé para advertirle, pero en mi nerviosismo, lo único que pude decir fue…
—¡VAS A MORIR!
Volví a la casa donde la había dejado, para tratar de salvarla. Pero cuando llegué a esa casa... oh, Dios, cuando llegué.
El aire frío se metía en mis huesos y me paralizaba. Podía sentirlo en mi estómago, quería vomitar y ni siquiera había llegado a la puerta. Cuando toqué el timbre, el sonido que resonó en mis oídos fue una risa, una risa hecha de gorgoteos de sangre, una risa que ningún humano haría.
La puerta se abrió.
Lo que estaba detrás eran millones de ojos pequeños que parpadeaban, intentando entender lo que yo era. Era como una columna de ojos de distintos seres convergiendo en uno solo. Ojos sostenidos por tripas de animales, o eso parecía. No había tentáculos, pero sí un montón de huesos con formas que ningún animal podría tener. Huesos que cargaban esas tripas y órganos mutilados que formaban aquel cuerpo tan deforme. Uno de los huesos me jaló.
Cuando entré en esa casa, no pude evitar vomitar. La sangre y las heces estaban regadas por todos lados. Aquel ser se burlaba. Entonces la vi.
El cuerpo de la niña que yo traje, mutilado en el suelo. Toda su espalda estaba desgarrada, abierta de par en par y sin su columna vertebral.
Entonces, aquel ser saltó dentro de su espalda y la devolvió a la vida,
pero ahora solo era el disfraz de aquel monstruo sacado del mismísimo vacío de la galaxia.
—Ahora eres parte del negocio.
Fue lo último que oí antes de desmayarme.
Categorías: Terror. Literatura.
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